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el raïm

La gastronomía de los reyes, ruina de los pueblos

nullLa peor plaga que podía abatirse sobre un pueblo o comarca española en los siglos XIV hasta el XVIII era la visita del Rey. Pese a que las Cortes de 1331 pidieron a Don Pedro de Castilla que regulara las aportaciones que las comarcas tenían que hacer para los banquetes que se ofrecían a los reyes cuando las visitaban, las exigencias de estos eran tan grandes que todas las villas de la comarca quedaban arruinadas. El citado Don Pedro de Castilla estableció que «las ciudades, villas, maestres y priores de las órdenes le diesen la vitualla siguiente:
45 carneros, 22 docenas de pescado seco, 90 maravedís de pescado fresco, vaca y media, 3 puercos, 60 gallinas, 75 cántaras de vino, 1500 panes y 60 fanegas de cebada. Si el banquete lo pagaban prelados, ricos-hombres, caballeros u otras personas sería de: 30 carneros,15 docenas de pescado seco, 60 maravedís de pescado fresco, una vaca, 50 gallinas, 2 puercos, 50 cántaras de vino, 1000 panes y 40 fanegas de cebada. Aparte de las vituallas, había que dar alojamiento a todo el númeroso séquito del Rey el cual, a su vez, dejaba cuantiosos daños difíciles de evaluar. En sus cabalgadas arrasaban viñedos y huertas, esquilmaban la caza y en las casas donde eran alojados incluso quemaba madera y muebles si se acababa la leña.
D. Mariano Pardo de Figueroa —Dr. Thebussem— describe un caso práctico de recaudación de yantares
En marzo de 1624 llegó a Cadiz el Rey Felipe IV. Don Miguel de Cárdenas, alcalde del viaje, se apresuró a demandar a los pueblos cincunvecinos la vitualla que de obligación se debía a S. M. Tocó a Medina Sidonia, por cada día que el Soberano permaneciese en Cadiz, y bajo pena de prisión al corregidor y 200 ducados de multa al Concejo, la remesa de 100 gallinas, 2.000 huevos, 60 pares de perdices y conejos,, 30 arrobas de carb6n, 20 cabritos, 100 fanegas de cebada, y por una sola vcz 50 camas. Grande fue cl apuro dcl municipio por no encontrar perdices ni cabritos, y por los altos precios a que hubo que pagar la caza y las gallinas. El corregidor señaló turno a los guardas de campo para que con cuatro reales de salarlo fuesen cotidianamente a Cádiz a llevar los mantenirnientos, tomando asi de ellos corno de las 50 carnas certificado y recibo de la entrega. Pero aun quedaban mayores amarguras que pasar y mayores honras que recibir al pueblo medinés.
La extensa relación de las ruinosas consecuencias de la visita real incluyen la reparación acelerada de todos los caminos por los que tenían que transitar el Monarca y su séquito, las obras realizadas para acondicionar la casa donde había de alojarse; la compra de dos casas aledañas que fue necesario destruír para que pudiera pasar la carroza real y un largo etc. ...
Las crónicas de la época dan noticia de muchos de estos festines: del de Don Alvaro de Luna en honor de Don Juan II y Doña Isabel de Portugal; el ofrecido por el Conde de Haro en su palacio de Briviesca a Doña Blanca de Navarra., primera mujer de Enrique IV; Felipe II y su esposa Doña Isabel de Valois fueron obsequiados por el Conde de Benavante con una merienda en la que se sirvieron mas de quinientos platos que fueron servidos por apuestos galanes, el último de cuyos platos fue una trucha de 22 libras.
Alguien dijo que todos aquellos banquetes y festines eran propios de antropófagos porque en último término constaban de un solo plato lleno de
COSTILLAS DEL CONTRIBUYENTE
GUARNECIDAS CON MISERIAS HUMANAS

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